Alguien empieza a leer un libro cuyo lomo sobresale de su pequeña biblioteca. No recuerda haberlo puesto allí, ni siquiera es uno de sus libros, pero lo hace atraído por la curiosidad y porque no tiene nada mejor que hacer al volver del trabajo. Al cabo de unas páginas le gana el aburrimiento y decide devolverlo a la estantería. Esta vez lo alinea perfectamente con los demás libros. Unos días después lo vuelve a coger (el lomo sobresale otra vez de la biblioteca) y, oh, sorpresa, descubre que el argumento ha cambiado: es otra historia, completamente distinta. Tal vez me he confundido, piensa el protagonista. Pero lo mismo ocurre una tercera vez, con un tercer argumento. Y una cuarta. Y una quinta. Y así, mientras su vida cotidiana va adquiriendo la sensación de irrealidad que provoca la más absoluta rutina, abrir una y otra vez ese libro le permite acceder a historias infinitas, en el fondo más vitales que la suya. «Un libro mil libros. ¿Era eso?», se pregunta. ...